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La IATA denuncia que una parte de los actos incívicos en vuelo quedan impunes

La Convención de Tokio, de 1963, ha quedado obsoleta

Interior de B767 de Delta Airlines / Foto: JFG

Interior de B767 de Delta Airlines / Foto: JFG

Un/a pasajero/a que vuele entre Londres y Singapour en un avión matriculado en Estados Unidos y que genere un grave altercado a bordo del aparato, de forma que este tenga que aterrizar en Bangkok, quedará impune. Las autoridades tailandesas no pueden castigarle, a pesar de haber ocasionado graves perjuicios económicos a la compañía. Esta deficiencia ha sido puesta de manifiesto hace unos días por directivos de IATA.

El organismo que agrupa a las aerolíneas ha detectado que en los últimos años se ha producido un considedrable aumento de las gamberradas y altercados de pasajeros. En concreto, entre 2008 y 2011 este tipo de incidentes se ha multiplicado por 8, según informa Les Echos. Durante el periodo citado se han contabilizado más de 15.000 actos incívicos en vuelo. Es decir, un incidente cada 1.200 vuelos. Y no se descarta que la cifra sea superior. Por este motivo, la IATA reclama cambios en la reglamentación.

Las conductas insolentes y fuera de tono se producen sobre todo a causa de la embriaguez y consumo de drogas del causante del altercado, que generan la intranquilidad y el caos en la cabina del avión. Así, el pasajero follonero molesta a los pasajeros, fuma, grita, desobedece las normas de seguridad, se encara con el personal de cabina, les agrede, profiere injurias, amenazas y hasta formula obsecenas propuestas sexuales. Estas serían las conductas más habituales, según explicó Tim Colehan, director adjunto de asuntos exteriores de IATA.

El incivismo causa un importante perjuicio a las aerolíneas, pues la tripulación en los casos más extremos se ve abocada a realizar un aterrizaje de emergencia, que puede costar a la empresa entre 10.000 y 200.000 dólares, pues deberá pagar tasas de aterrzaje, gastar más combutisble del previsto y hasta indemnizar a los pasajeros por el retraso causado en llegar a destino.

Por todos estos motivos, IATA ha pedido que se modifique la legislación. El agujero normativo reside en la Convención de Tokio, castiga los actos violentos a bordo de una aeronave. Se aprobó en 1963 y especifica que solo puede castigar estos los actos incívicos el país en el que está matriculado el avión. Por eso, si el vuelo se realiza entre países ajenos al de la matrícula del avión y al del aterrizaje de emergencia, la gamberrada le sale gratis a su autor, que marchará tranquilamente del aeropuerto sin que las autoridades del país en cuestión puedan hacer nada en su contra.

La IATA pidió en 2009 a la OACI que modificase la normativa, pero aún no se ha abordado la cuestión. En la próxima asamblea general de OACI, prevista para febrero de 2014, el asunto podría tratarse y adoptarse algún tipo de acuerdo, para impedir que los gamberros del aire se vayan de rositas cuando la vieja Convención de Tokio se alía involuntariamente con ellos.