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Halcones, los centinelas del cielo de Barajas



Un halcón peregrino se lanza, poderoso, desde el puño de un cetrero. Bate sus alas hasta llegar a una altura vertiginosa. Solo vuela. Solo observa. Da vueltas y se deja ver. Instantes después, a un simple gesto, acude fielmente a la mano que le da de comer. Es el puño de Jesús Rero, halconero mayor del aeropuerto de Barajas. La persona encargada de que ningún ave entorpezca el paso de los aviones por este recinto madrileño.

“Llevo toda mi vida dedicado a los halcones. Entré aquí de la mano de Félix Rodríguez de la Fuente. Llegué como aprendiz en el año 71, cuando tenía 14, y todavía sigo aquí”, nos explica con una ligera sonrisa en sus labios.

De eso hace ya 40 años, “y un mes” precisa Rero. Fue uno de los discípulos de Félix, “del ídolo” como él llama, del impulsor de la cetrería en España y pionero del uso de halcones en los aeropuertos para disuadir las aves.

 

Los comienzos de la unidad de halcones

Todo comenzó en la base aérea de Torrejón de Ardoz. Era 1968. Los americanos se habían fijado en el mejor naturalista de la historia española y le pidieron ayuda para espantar a los pájaros que ‘amenazaban’ sus temibles cazas de combate.

Félix propuso, por primera vez, el uso de halcones. Se preparó la Operación Baharí (halcón en árabe). Fue un gran éxito. Dos años después también se puso en marcha en el Aeropuerto de Barajas para impedir que el vuelo despistado de algunas aves pusiera en peligro el paso de los aviones.

 

“Entonces eran Félix y seis halcones, Minaya, Perla, Durandal, Doña Aldonza, Doña Elvira y Don Mendo” recuerda Rero. “Ahora somos nueve trabajadores, tenemos 36 aves operativas y más de 100 en total entre halcones, Harris, azores y otras especies”.

Son la unidad de control de aves rapaces de la empresa ‘Alcándara de la Matilla’, heredera de la extinta Operación Baharí que actualmente dirige la viuda de Félix, Marcelle Parmentier.

 

Una profesional vocacional

Cada día, “desde que salen los primeros rayos de sol hasta que anochece, recorremos las cuatro pistas del aeropuerto con los halcones para ahuyentar a las aves” explica Jesús. Se vuelan donde hay otras rapaces, para espantarlas. O en parcelas conflictivas donde más peligro hay de que haya aves. Pero antes de volar, como los boxeadores, los halcones pasan un exhaustivo control. Su peso se anota diariamente en un cuaderno y no puede variar ni un gramo.

 

“Necesitan tener el hambre suficiente para sentirse motivadas y estar en su peso de vuelo, porque la recompensa de que vuelen y vigilen es la comida”, explica Jesús. Todo orientado a que los halcones “creen un sistema disuasorio para que las rapaces no merodeen por las pistas. El objetivo no es matar, si no advertir” señala el jefe de los halconeros del aeropuerto.

 

Y motivos hay, porque según la Administración Federal de Aviación de EE.UU. (FAA) los impactos de aves en las aeronaves suponen algo más de 350 millones de euros anuales (500 millones de dólares).

Así, entre aviones y halcones, transcurren los días del Jesús Rero, el Cetrero de Barajas, que solo echa en falta a su maestro.

El día que Félix se marchó a Canadá le dijo que cuidara de los halcones, y que ya sabía lo que tenía que hacer mientras mudaban la pluma. “No lo entendí”, señala Jesús. “Iba a regresar a la semana siguiente, no sé porqué me dijo eso. Pero a veces el destino es fatídico”.

 

Texto: David Sierra – www.rtve.es